quarta-feira, 22 de fevereiro de 2012

El presidente, el gobierno y el Estado, por Fernando Mires


Por Fernando Mires | 22 de Febrero, 2012
Hay hechos históricos que resultan inexplicables sin previo conocimiento de las tradiciones en donde estos ocurren. Uno de estos hechos ha sido la caída del presidente alemán Christian Wulff. Para gran parte de los alemanes, la renuncia de Christian Wulff era ineludible. Por cierto, nadie esperaba –como han insinuado algunos comentaristas- que el presidente fuera un santo. Solo querían un digno representante del Estado. Nada más. Pero también, nada menos.
Una de las tarea primordiales del presidente es representar al Estado y en una república parlamentaria es, además, marcar la diferencia entre el gobierno y el Estado. O lo que es igual: demostrar, a veces con su simple presencia, que el Estado se encuentra por sobre el gobierno. Eso explica por qué la única función política que corresponde al presidente es la de disolver el parlamento cuando de ahí no surge una mayoría gubernamental, o cuando el parlamento otorga un voto de desconfianza al gobierno.
A diferencia de algunos presidentes latinoamericanos o asiáticos, quienes imaginan ser propietarios del Estado, en una república parlamentaria el Estado representa a todos los miembros de una nación, algo que ningún gobierno podría –ni debería- representar jamás. El gobierno, a su vez, no es más que una parte del Estado, y no siempre la más importante. Por la misma razón, el presidente, una vez elegido –elección muy política por lo demás- no forma parte de la lucha por el poder. La presidencia es, digámoslo así, la representación simbólica de la existencia de “un poder sobre el poder”

En cierto sentido la presidencia en los sistemas parlamentarios puede ser comparada con el rol de las monarquías parlamentarias. Pero hay una diferencia. Mientras el presidente representa al Estado, en la monarquía lo reencarna. Esa es la razón por la cual un rey o reina no puede renunciar jamás pues lleva, por así decirlo, el espíritu del Estado tatuado en el cuerpo. Por esa misma razón la presidencia en una república parlamentaria no es condena perpetua, señalizándose así que ningún humano puede ser portador de la infinitud del poder. En Alemania la presidencia dura sólo cinco años con posibilidad de reelección por un igual periodo.
En fin, aunque es el cargo más alto de la nación, la presidencia es un puesto de trabajo que para ser ejercido requiere de algunas condiciones. Lo interesante del caso es que esas condiciones aparecen no cuando se cumplen sino cuando no se cumplen.
Las condiciones no son muchas: Tener una hoja limpia de vida, cierto conocimiento del juego político, aptitud retórica, prestancia para desenvolverse en ceremonias públicas y, sobre todo, ser respetado, o por lo menos reconocido, por quienes fueron alguna vez enemigos políticos. En breve: el presidente no es un mandatario; es un dignatario. Y la diferencia es importante. Por lo menos en el caso de Christian Wulff, lo fue.
Christian Wulff no había sido un mal político. Como muchos, sin ser corrupto -al estilo de un Berlusconi por ejemplo- mostraba ciertas tendencias a la corrupción. Desde su gobernación en la Baja Sajonia mantenía amistades influyentes, aceptaba obsequios, y recompensaba a sus clientes, aunque sin provocar escándalos. Ese pasado, ni sucio ni limpio, saldría a relucir -había que esperarlo- durante el ejercicio de su presidencia, y nadie pensó que por eso debía renunciar. El problema es que Wulff no supo defenderse desde y con la dignidad de su nuevo cargo. Al contrario, utilizó pequeñas triquiñuelas, mentiras y –algo imperdonable en una democracia- amenazas a la prensa. En breve, Wulff seguía actuando como el político provinciano que nunca había dejado de ser. Y ese no era el presidente que la ciudadanía quería.
En la vida de la Alemania de post-guerra han pasado diversos presidentes. La gran mayoría no ha dejado huellas. De algunos se cuentan anécdotas. Heinrich Lübke (1959-1969) por ejemplo, quien al llegar a un país africano saludó así: “queridos negros”. Algunos como Walter Scheel (1974-1979) no resistieron la tentación de entrometerse en política contingente. Karl Karstens (1979-1984) quien lo único que hizo fue emprender largas y románticas caminatas. Roman Herzog (1994-1999) reprendía a los políticos como un padre rudo y enojón. Johannes Rau (1999-2004) era imitado por un excelente cómico quien abría y cerraba la boca sin decir nada. Horst Kohler (2004-2010) que venía del mundo de la economía, se entrometió en la política internacional y hubo de renunciar. En fin, ha habido varios presidentes, pero un solo Gran Presidente en la historia democrática de Alemania: Richard von Weizsäcker.
Von Weizsäcker (1984-1994) será siempre recordado por su prestancia, su sencillez, su orgullosa humildad, y sobre todo, por sus memorables discursos. Fue el primer presidente que reconoció no sólo la culpabilidad sino también la responsabilidad en el Holocausto. Fue, además, el primero que se refirió al “8 de mayo”, día de la capitulación, como a la “liberación” y no como a la “derrota” de Alemania, algo que la ultraderecha alemana todavía no le perdona
Weizsäcker puso muy alto la vara presidencial. Nadie ha podido alcanzarla. Quizás esa fue otra de las razones que provocó la caída de Christian Wulff.
El nuevo presidente, Joachim Gauck, se encuentra, como pocos, en condiciones de mantener su cargo cerca de la vara de Von Weizsäcker. De todos es quien ha llegado portando consigo el más respetable pasado: Gauck fue un activo luchador en la resistencia en contra de la dictadura comunista en la desaparecida RDA. Si su nuevo presente no se aleja de la dignidad de su pasado, a Alemania espera, sin duda, otro gran presidente.

quarta-feira, 8 de fevereiro de 2012

Para além da crise - em espanhol





De lo que quisiera hablarles [1] no es tanto de la crisis actual como de lo que está ocurriendo más allá de la crisis: de algo que se nos oculta tras su apariencia. Para explicarlo necesitaré empezar un tanto atrás en el tiempo. Nos educamos con una visión de la historia que hacía del progreso la base de una explicación global de la evolución humana. Primero en el terreno de la producción de bienes y riquezas: la humanidad había avanzado hasta la abundancia de los tiempos modernos a través de las etapas de la revolución neolítica y la revolución industrial. Después había venido la lucha por las libertades y por los derechos sociales, desde la Revolución francesa hasta la victoria sobre el fascismo en la Segunda guerra mundial, que permitió el asentamiento del estado de bienestar. No me estoy refiriendo a una visión sectaria de la izquierda, ni menos aun marxista, sino a algo tan respetable como lo que los anglosajones llaman la visión whig de la historia, según la cual, cito por la wikipedia, “se representa el pasado como una progresión inevitable hacia cada vez más libertad y más ilustración”.
Hasta cierto punto esto era verdad, pero no era, como se nos decía, el fruto de una regla interna de la evolución humana que implicaba que el avance del progreso fuese inevitable –la ilusión de que teníamos la historia de nuestro lado, lo que nos consolaba de cada fracaso-, sino la consecuencia de unos equilibrios de fuerzas en que las victorias alcanzadas eran menos el fruto de revoluciones triunfantes, que el resultado de pactos y concesiones obtenidos de las clases dominantes, con frecuencia a través de los sindicatos, a cambio de evitar una auténtica revolución que transformase por completo las cosas.
Para decirlo simplemente, desde la Revolución francesa hasta los años setenta del siglo pasado las clases dominantes de nuestra sociedad vivieron atemorizadas por fantasmas que perturbaban su sueño, llevándoles a temer que podían perderlo todo a manos de un enemigo revolucionario: primero fueron los jacobinos, después los carbonarios, los masones, más adelante los anarquistas y finalmente los comunistas. Eran en realidad amenazas fantasmales, que no tenían posibilidad alguna de convertirse en realidad; pero ello no impide que el miedo que despertaban fuese auténtico.
En un articulo sobre la situación actual de Italia publicado en La Vanguardia el pasado mes de octubre se podía leer: “los beneficios sociales fueron el fruto de un pacto político durante la guerra fría”. No sólo durante la guerra fría, a no ser que hablemos de una “guerra” de doscientos años, desde la revolución francesa para acá. Lo que este reconocimiento significa, por otra parte, es que ahora no tienen ya inconveniente en confesar que nos engañaron: que no se trataba de establecer un sistema que nos garantizase un futuro indefinido de mejora para todos, sino que sólo les interesaba neutralizar a los disidentes mientras eliminaban cualquier riesgo de subversión.
Los miedos que perturbaron los sueños de la burguesía a lo largo de cerca de doscientos años se acabaron en los setenta del siglo pasado. Cada vez estaba más claro que ni los comunistas estaban por hacer revoluciones –en 1968 se habían desentendido de la de París y habían aplastado la de Praga-, ni tenían la fuerza suficiente para imponerse en el escenario de la guerra fría. Fue a partir de entonces cuando, habiendo perdido el miedo a la revolución, los burgueses decidieron que no necesitaban seguir haciendo concesiones. Y así siguen hoy.
Déjenme examinar esta cuestión en su última etapa. El período de 1945 a 1975 había sido en el conjunto de los países desarrollados una época en que un reparto más equitativo de los ingresos había permitido mejorar la suerte de la mayoría. Los salarios crecían al mismo ritmo a que aumentaba la productividad, y con ellos crecía la demanda de bienes de consumo por parte de los asalariados, lo cual conducía a un aumento de la producción. Es lo que Robert Reich, que fue secretario de Trabajo con Clinton, describe como el acuerdo tácito por el que “los patronos pagaban a sus trabajadores lo suficiente para que éstos comprasen lo que sus patronos vendían”. Era, se ha dicho, “una democracia de clase media” que implicaba “un contrato social no escrito entre el trabajo, los negocios y el gobierno, entre las élites y las masas”, que garantizaba un reparto equitativo de los aumentos en la riqueza.
Esta tendencia se invirtió en los años setenta, después de la crisis del petróleo, que sirvió de pretexto para iniciar el cambio. La primera consecuencia de la crisis económica había sido que la producción industrial del mundo disminuyera en un diez por ciento y que millones de trabajadores quedaran en paro, tanto en Europa occidental como en los Estados Unidos. Estos fueron, por esta razón, años de conmmoción social, con los sindicatos movilizados en Europa en defensa de los intereses de los trabajadores, lo que permitió retrasar aquí unas décadas los cambios que se estaban produciendo ya en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde los empresarios, bajo el patrocinio de Ronald Reagan y de la señora Thatcher, decidieron que éste era el momento para iniciar una política de lucha contra los sindicatos, de desguace del estado de bienestar y de liberalización de la actividad empresarial.
La lucha contra los sindicatos se completó con una serie de acuerdos de libertad de comercio que permitieron deslocalizar la producción a otros países, donde los salarios eran más bajos y los controles sindicales más débiles, e importar sus productos, con lo que los empresarios no sólo hacían mayores beneficios, al disminuir sus costes de producción, sino que debilitaban la capacidad de los obreros de su país para luchar por la mejora de sus condiciones de trabajo y de su remuneración: los salarios reales bajaron en un 7 por ciento de 1976 a 2007 en los Estados Unidos, y lo han seguido haciendo después de la crisis.
Asi se inició lo que Paul Krugman ha llamado “la gran divergencia”, el proceso por el cual se produjo un enriquecimiento considerable del 1 por ciento de los más ricos y el empobrecimiento de todos los demás. En los Estados Unidos, que citaré con frecuencia por dos razones –porque disponemos de buenas estadísticas sobre su evolución y porque lo que sucede allí es el anuncio de lo que va a pasar aquí más adelante-, se pudo ver en vísperas de la crisis de 2008 que este 1 por ciento de los más ricos recibía el 53 por ciento de todos los ingresos (esto es más que el 99 por ciento restante).
En las primeras etapas este proceso tal vez resultaba poco perceptible; pero cuando sus efectos se fueron acumulando acabaron despertando la conciencia de una desigualdad social en constante aumento. En mayo de 2011 Joseph Stiglitz publicó un artículo que se titualaba: “Del 1%, para el 1% y por el 1%”, donde decía que los norteamericanos, que estaban contemplando cómo se producían en muchos países, por ejemplo en los de la primavera árabe, protestas contra regímenes opresivos que concentraban una gran masa de riqueza en las manos de una élite integrada por muy pocos, no se daban cuenta de que esto ocurría también en su propio país.
Este del 1 por ciento ha sido uno de los lemas principales de los movimientos de ocupación que se han desarrollado en diversas ciudades norteamericanas. Pero Krugman ha hecho un análisis aún más afinado que muestra que es en realidad el 0’1 %, esto es el uno por mil de los norteamericanos, los que concentran la mayor parte de esta riqueza. “¿Quiénes son estos del 1 por mil?, se pregunta ¿Son heroicos emprendedores que crean lugares de trabajo? No. En su mayor parte son dirigentes de compañías (...) o ganan el dinero en las finanzas”.
Los resultados a largo plazo de la gran divergencia, que se iniciaba en Estados Unidos y en Gran Bretaña en los años setenta y se extendió después a Europa, transformaron profundamente nuestras sociedades. Las consecuencias de una inmensa redistribución de la riqueza hacia arriba no sólo se han manifestado en el empobrecimiento relativo de los trabajadores y de las clases medias, sino que han dado a los empresarios una influencia política con la cual, a partir de ese momento, les resulta cada vez más fácil fijar las reglas que les permiten consolidar su poder.
Esta redistribución hacia arriba no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, como se pretende que creamos, sino el de una acción deliberada. Su origen es netamente político. El primer programa que inspiró este movimiento lo expresó Lewis Powell en agosto de 1971 en un “Memorándum confidencial. Ataque al sistema americano de libre empresa”, escrito para la “United States Chamber of Commerce”, que se encargó de hacerlo circular entre sus asociados. Powell denunciaba el riesgo que implicaba el avance en la sociedad norteamericana de ideas contrarias al “sistema de libre empresa”, expuestas no sólo por extremistas de izquierda, sino por “elementos totalmente respetables del sistema”, e insistía en la necesidad de combatirlas, sobre todo en el terreno de la educación.
El memorándum tenía una primera parte sobre la amenaza que representaban los “estudiantes universitarios, los profesores, el mundo de los medios de comunicación, los intelectuales y las revistas literarias, los artistas y los científicos”, y proponía planes de ataque para limpiar las universidades y vigilar los libros de texto, para lo cual pedía a las organizaciones empresariales que actuasen con firmeza. No me ocuparé ahora de esta batalla de las ideas, que ha llegado hoy al extremo de proponer la eliminación de la escuela pública, sino de otra parte del memorándum que tendría consecuencias más inmediatas y trascendentales. Powell advertía: “No se debe menospreciar la acción política, mientras esperamos el cambio gradual de la opinión pública que ha de conseguirse a través de la educación y la información. El mundo de los negocios debe aprender la lección que hace tiempo aprendieron los sindicatos y otros grupos de intereses. La lección de que el poder político es necesario; que este poder debe cultivarse asiduamente y que, cuando convenga, hay que usarlo agresivamente y con determinación”.
Para emprender este programa se necesitaban organizaciones empresariales potentes, que dispusieran de recursos suficientes. “La fuerza reside en la organización, en una planificación y realización persistentes durante un período indefinido de años”. Este llamamiento a la lucha política tuvo efectos de inmediato en la actividad de las asociaciones empresariales y sobre todo de la “United States Chamber of Commerce”, que pretende ser hoy “la mayor federación empresarial del mundo, en representación de los intereses de más de 3 millones de empresas”. Estas asociaciones no solo emprendieron grandes campañas de propaganda, sino que acentuaron su participación en las campañas electorales a través de Comités de Acción Política, en una actividad que ha aumentado considerablemente desde 2009, tras la decisión del Tribunal supremo Citizens United, que ha liberalizado las inversiones de las empresas en la política, en nombre del derecho a la libre expresión (esto es, considerando a las empresas como personas y atribuyéndoles los mismos derechos). La gran cuantía de recursos proporcionados por los empresarios explica, por ejemplo, que la United States Chamber of Commerce invirtiese en las elecciones norteamericanas de 2010 más que los comités de los dos partidos, demócrata y republicano, juntos.
No se trata tan sólo de donativos para las campañas, sino también de formas diversas de pagar sus servicios a los políticos, entre ellas la de asegurarles una compensación cuando dejan la política. Y, sobre todo, de la aactuación constante de los llamados “lobbyists”, que atienden las peticiones de los políticos. En el pasado año 2011 se calcula que las empresas han gastado 3.270 millones de dólares en atender a los congresistas y a los altos funcionarios federales. Las 30 mayores compañías gastaron entre 2008 y 2010 más en esto que en pagar impuestos.
¿Que ha conseguido el mundo empresarial con este asalto al poder? En julio del año pasado, Michael Cembalest, jefe de inversiones de JPMorgan Chase, escribía, en una carta dirigida tan sólo a sus clientes, que se conoció porque la descubrió un periodista, que “los márgenes de beneficio han conseguido niveles que no se habían visto desde hace décadas”, y que “las reducciones de salarios y prestaciones explican la mayor parte de esta mejora”. “La compensación por el trabajo está en los Estados Unidos en la actualidad al mínimo en cincuenta años en relación tanto con las cifras de ventas de las empresas como del PIB de los Estados Unidos”.
Otro beneficio indiscutible ha sido la disminución de sus contribuciones al sostén del estado. El peso político creciente de las empresas ha conducido a la situación paradójica de que éstas escapen a la fiscalidad por la doble vía de negociar recortes de impuestos y exenciones particulares, y de tener libertad para aflorar los beneficios en las subsidiarias que tienen en paraísos fiscales, donde apenas pagan impuestos. Un estudio de noviembre de 2011 concluye que el conjunto de las 280 mayores empresas de los Estados Unidos no han pagado en los tres años últimos más que un 18’5 % de sus beneficios. Pero es que una cuarta parte de éstas han pagado menos del 10%, y 30 de las más grandes no han pagado nada en tres años, sino que encima han recibido devoluciones. Lo que se dice de las empresas se aplica también a los empresarios: de 1985 a 2004 los 400 americanos más ricos han pasado de pagar un 29 por ciento de sus ingresos a tan sólo un 18 por ciento, mucho menos que los pequeños comerciantes o los trabajadores a sueldo. Y cuando Obama pretendió que quienes ganasen más de un millón de dólares al año pagasen el mismo tipo que el ciudadano medio norteamericano, no consiguió que el congreso aprobase la medida. Como ha dicho Stiglitz "Los ricos están usando su dinero para asegurarse medidas fiscales que les permitan hacerse aun más ricos. En lugar de invertir en tecnología o en investigación, obtienen mayores rendimientos invirtiendo en Washington”.
Hay un tercer aspecto de estos beneficios que es la desregulación de la leyes que controlan algunos aspectos de la actividad empresarial. Un estudio reciente de dos economistas del Fondo Monetario Internacional, que han analizado el papel de las contribuciones económicas de las empresas en la política, llega a la conclusión, que les leo literalmente, de que “el gasto realizado está directamente relacionado con la posibilidad de que un legislador cambie de postura en favor de la desregulación”. Esto, que en el sector de la industria les ha permitido reducir, o incluso anular, los gastos relacionados con el control de la polución, ha tenido en la actividad financiera unas consecuencias que son las que han conducido directamente a la crisis de 2008.
Gracias a la supresión de controles sobre sus actividades, que culminó durante la presidencia de Clinton, las entidades financieras pudieron lanzarse a un juego especulativo con derivados y otros productos de alto riesgo, que parecían más propios de un casino de juego que de la banca, mientras los dirigentes de la Reserva Federal estimulaban el optimismo de los especuladores, rebajando los tipos de interés y animando al público a que gastase, a que comprase casas con créditos hipotecarios e invirtiese en operaciones financieras de riesgo.
Esta fiebre especuladora se producía en un país que, como resultado de su desindustrialización, estaba convirtiendo en una actividad fundamental el sector FIRE (Finance, Insurance and Real Estate; o sea Finanzas, seguros y negocio inmobiliario). Una desindustrialitzación semejante se ha producido en Gran Bretaña, que de ser “la fábrica del mundo” quiso convertirse en “el banco del mundo”, y que vive ahora con la angustia de lo que puede suceder si pierde esta gran fuente de exportación de servicios, teniendo en cuenta la situación de una economía en que “la demanda doméstica será probablemente escasa en muchos años (...), mientras los consumidores se esfuerzan en hacer frente a sus deudas y el gobierno batalla por reducir el déficit presupuestario”.
Nuestra situación es más compleja, ya que si bien hemos perdido el tejido industrial tradicional, contamos con una consideable industria de propiedad extranjera a la que proporcionamos trabajo barato, o sea que nos ha tocado el papel de receptores de la industria que otros países más prósperos deslocalizan, y que conservaremos mientras les sigamos garantizando salarios bajos. Lo cual me mueve a preguntarme cómo se explica que, si el trabajo de nuestros obreros es poco competitivo, como se argumenta para proponerles rebajas de sueldos y derechos, Volkswagen, Ford, o Renault se vengan a fabricar coches aquí. En lo que sí nos vamos pareciendo a las economías avanzadas es en el peso dominante que ha adquirido entre nosotros el sector financiero.
La influencia política adquirida por los empresarios explica por qué, cuando se ha producido la crisis -en Norteamérica, en Gran Bretaña o en España- el estado ha corrido a salvar las empresas financieras con rescates multimillonarios; pero no ha hecho un esfuerzo equivalente por remediar la situación de los muchos ciudadanos que pierden sus hogares, al ser incapaces de seguir pagando las hipotecas, ni por asegurar estímulos a las actividades productivas con el fin de combatir el paro.
Lejos de ello, lo que se ha hecho, para justificar los sacrificios que se están imponiendo a la mayoría, es difundir la fábula de que la crisis económica se debe al excesivo coste de los gastos sociales del estado, y que la solución consiste en aplicar una brutal política de austeridad hasta que se acabe con el déficit del presupuesto, lo cual, como veremos, resulta imposible a partir de esta política.
Merece la pena escuchar esta historia como la cuenta Krugman: “En el primer acto los banqueros se aprovecharon de la desregulación para lanzarse a una especulación desbordada, hinchando las burbujas con préstamos incontrolados; en el segundo las burbujas estallaron y los banqueros fueron rescatados con dinero de los contribuyentes, mientras los trabajadores sufrían las consecuencias, y en el tercero, los banqueros decidieron emplear el dinero que habían recuperado en apoyar a políticos que les prometían bajarles los impuestos y desmontar las pocas regulaciones que se habían impuesto tras la crisis”. ¿Piensan ustedes que esta es una historia exótica, que sólo puede referirse a los Estados Unidos? Pues no; nosotros también tuvimos una burbuja inmobiliaria desbordada, hinchada con los créditos que concedieron bancos y cajas de ahorro. Ahora estamos en el segundo acto, el del rescate “mientras los trabajadores sufren las consecuencias”. Nos queda el desenlace, ese tercer acto que, si no se hace algo para evitarlo, será parecido: esto es, que se recuperarán los bancos, pero no los puestos de trabajo, tal como está ocurriendo hoy en los Estados Unidos.
Nadie ignora que la austeridad es incompatible con el crecimiento económico. Peter Radford lo sintetiza en pocas palabras: “La austeridad disminuye una economía. Es un acto de retroceso. Disminuye la demanda. Los ingresos caen. Pagar las deudas a partir de una menor cantidad de dinero significa que hay menos dinero para otros gastos. Del crecimiento se pasa a la decadencia”.
Una revisión del pasado demuestra que la política de austeridad nunca ha funcionado y que no tiene sentido en la situación actual. Lo sostiene, por ejemplo, Richard Koo, economista jefe del Nomura Research Institute de Tokio, quien, tras haber analizado comparativamente la crisis económica de los años treinta, las décadas perdidas de Japón y la crisis actual en Estados Unidos y en la “eurozona”, concluye que:
“Aunque evitar el gasto público exagerado es el modo adecuado de proceder cuando el sector privado de la economía está en plena forma y maximiza los beneficios, nada resulta peor que la restricción del gasto público cuando un sector privado en mal estado está reduciendo sus deudas”. Actuar sobre una economía que ahorra pero no invierte reduciendo el gasto público no hace más que agravar su situación. Koo sostiene que la crisis, que empezó en el sector inmobiliario estadounidense, sigue siendo una crisis bancaria, que ha acabado contagiando a la economía y a las cuentas públicas, y que pensar que estos problemas se resuelven “con una sobredosis de ajustes” y con reformas constitucionales “es un completo disparate”.
Más contundente aun es la opinión que Krugman ha expresado esta misma semana: “Lo más indignante de esta tragedia es que es totalmente innecesaria. Hace medio siglo, cualquier economista (…) os podía haber dicho que austeridad en tiempos de depresión era una muy mala idea. Pero los políticos, los entendidos y, siento decirlo, muchos economistas decidieron, sobre todo por razones políticas, olvidar lo que sabían. Y millones de trabajadores están pagando el precio de su deliberada amnesia”.
No ha sido la deuda pública la causa de la crisis de los países del sur de Europa. Un análisis de las cifras de las últimas décadas muestra que los problemas de estos países no proceden de un exceso de gasto público, sino que son una consecuencia de la propia crisis. Un análisis de la relación que ha existido entre la deuda pública y el PIB de estos países, demuestra que estuvo mejorando (esto es disminuyendo) hasta 2007. El endeudamiento posterior del estado es consecuencia de las cargas que ha asumido como consecuencia de la crisis bancaria, no de un exceso anterior de gasto público. Si leen ustedes la prensa, fijándose en los datos que ofrece y no en la doctrina que predica, verán que lo que realmente preocupa a nuestros gobernantes es cómo remediar el problema que para el sistema bancario representan las grandes inversiones inmobiliarias efectuadas en años de euforia en que estas fantasías se estaban financiando con nuestros ahorros.
No importa que economistas galardonados con el Premio Nobel, como Stiglitz y Krugman, condenen la política de austeridad. Porque resulta que, en realidad, esta política beneficia a los mismos que han causado el desastre y favorece la continuidad de su enriquecimiento. Como dice Michael Hudson: “No hay ninguna necesidad (...) de que los dirigentes financieros de Europa impongan una depresión a la mayor parte de su población. Pero es una gran oportunidad de ganancia para los bancos, que han conseguido el control de la política económica del Banco Central Europeo (...). Una crisis de la deuda permite a la la élite financiera doméstica y a los banqueros extranjeros endeudar al resto de la sociedad”.
Los resultados se pueden ver ya en la experiencia de Grecia, donde las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europa y el FMI están poniendo en peligro el propio crecimiento económico, y tienen unas durísimas consecuencias sociales: los suicidios y el crimen aumentan, la masa de los nuevos pobres está integrada por jóvenes que no encuentran trabajo y por personas de media edad que han perdido el suyo, mientras faltan en los hospitales los medicamentos esenciales, incluyendo las vacunas, lo que puede conducir a que resurjan allí la poliomielitis o la difteria.
Este comienza a ser también el caso de España, donde la prensa anuncia que el PP se propone ahorrar este año 6.000 millones en medicamentos. Como dice Peter Radford: “¡Que se lo digan a los españoles! Ellos han probado ya toda esta historia de la austeridad. Tanto que la tasa de paro es del 23%, mientras las medidas que lo han producido no han conseguido frenar el déficit público, que está a punto de superar el límite del 8% que el gobierno español se había fijado como objetivo. ¿Se imaginan lo que ocurrirá ahora? Que los españoles van a ver aumentar su sufrimiento. Están insistiendo en más austeridad para estrujar su economía cada vez más”. Y ello, añade, “para reducir un déficit que es menor que el de los Estados Unidos o el de Gran Bretaña”.
Una reflexión adicional acerca del carácter más “empresarial” que “público” de la crisis nos la puede proporcionar una información publicada por el New York Times el 25 de diciembre pasado, que nos advierte que la crisis de los bancos europeos, que les está obligando a deshacerse de activos, crea buenas oportunidades de negocio para las empresas financieras norteamericanas que, a pesar de sus problemas, están lanzándose a comprar en Europa. En efecto, en un artículo publicado en La Vanguardia del 15 de enero pasado –y el hecho mismo de que un periódico conservador publique este tipo de análisis demuestra el desconcierto reinante entre nuestra burguesía- no sólo se explica que los fondos de inversión norteamericanos se han lanzado a comprar “gangas” europeas, como empresas y bancos devaluados por la propia política de austeridad, sino que se nos dan las razones: “La crisis bancaria europea está beneficiando a los fondos extranjeros que aguardan a las puertas de Europa”. Por una parte compran empresas que han perdido valor porque los bancos se niegan a darles crédito, a lo cual se añade que las medidas de recapitalización impuestas a los bancos les han forzado a “vender activos por un valor de billones de euros”. Wim Butler, del Citi Group, no dudó en decir en una conferencia pronunciada en Bruselas: “De aqui a unos años todos los bancos europeos pertenecerán a extranjeros”.
Las políticas restrictivas han llegado a tal punto de irracionalidad que desde el propio Fondo Monetario Internacional se ha comenzado a advertir a los dirigentes políticos europeos: “En la medida en que los gobiernos piensan que deben responder a los mercados, pueden ser inducidos a consolidar demasiado aprisa, incluso desde el simple punto de la sostenibilidad de la deuda”. Como ustedes saben, el presidente actual de nuestro gobierno ya ha dicho, cuando se aprestaba a rendir pleitesía a la señora Merkel, que lo primero es cumplir con el deber de sanear los bancos y reducir el gasto público: los puestos de trabajo, los hospitales o las escuelas no son prioritarios.
Hay razones que ayudan a entender la inhumanidad de este capitalismo depredador. Richard Eskow, que trabajó en un tiempo para Wall Street dice: “La gente que sufre por los efectos de los presupuestos austeros no son de la clase de los que [estos capitalistas] conocen personalmente, sino que se trata de empleados públicos, como maestros, policías, bomberos o funcionarios de programas sociales; de gente que necesita de ayudas del gobierno, como los pobres; y de otros de la clase media que han tenido la temeridad o de hacerse viejos o de sufrir una incapacidad”. En realidad los “super-ricos” no sólo se sienten ajenos a todos estos, sino que en el fondo los desprecian.
Lo ocurrido en los últimos años en la sociedad norteamericana, que fue la primera en implantar estas reglas, nos indica la clase de futuro a que nos conduce a todos la austeridad. Dos noticias de prensa publicadas alrededor de la Navidad del año pasado ilustran sus dos caras. Sabemos, por una parte, que la “paga” de los dirigentes de las 500 mayores empresas aumentó en un 36’5 por ciento en 2010, al propio tiempo que aumentaba en 1.600.000 el número de los niños norteamericanos sin hogar, lo que representa un aumento de un 38 por ciento respecto de 2007. El año pasado, el de 2011, no ha sido tan bueno para los negocios de Wall Street; pero sabemos ya que esto no va a afectar las pagas millonarias de los dirigentes de Citigroup o de Morgan Chase, que van a cobrar más de veinte millones de dólares.
Los empresarios son conscientes de que el aumento de la desigualdad es nefasto para el crecimiento económico, en términos globales. Como señala Robert Reich: “Con tanta parte de los ingresos y de la riqueza concentrada en los más ricos, la amplia clase media no tiene ya el poder adquisitivo necesario para comprar lo que la economía es capaz de producir (...). El resultado es la generalización del estancamiento y del paro”. Un memorándum de la Reserva Federal norteamericana de 4 de enero recuerda que el 70 por ciento de la economía nacional depende del gasto de los consumidores, y que la recuperación no será posible si no aumenta la capacidad de consumo de la clase media.
Este planteamiento sobre el interés general no afecta sin embargo a los intereses inmediatos de los más ricos, puesto que una reducción global del crecimiento no implica una reducción simultánea de sus beneficios, que han seguido aumentando. Y se están, además, adaptando a la nueva situación, con la esperanza de obtener cada vez mayores beneficios. El 16 de octubre de 2005 Citigroup, la mayor empresa financiera del mundo, publicaba un informe con el título de Plutonomía, al que de momento se prestó poca atención, hasta que, cuando comenzó a hacerse famoso, Citigroup se preocupó de eliminarlo por completo de la red.
El informe proponía el término “plutonomía” para designar los países en que el crecimiento económico se había visto promovido, y en gran medida consumido, por el pequeño grupo de los más ricos. Sostenía que “el encarecimiento de los activos, una participación creciente en los beneficios y el trato favorable por parte de gobiernos partidarios del mercado han permitido a los ricos prosperar y capitalizar una proporción creciente de la economía en los países de plutonomía”. Lo ilustraba con las cifras de la desigualdad de la distribución de la riqueza en los Estados Unidos, que comentaba con estas palabras: “No tenemos una opinión moral acerca de si esta desigualdad de los ingresos es buena o mala; lo que nos interesa es que es importante”. Opinaban, además, que las fuerzas que habían llevado a este aumento de la desigualdad en los veinte años últimos era probable que continuasen en los años próximos. De lo cual había que deducir que se crearía un entorno positivo para la actividad de empresas que vendiesen bienes o servicios a los ricos.
Su conclusión final era: Hemos de preocuparnos menos de lo que el consumidor medio vaya a hacer, ya que la conducta de este consumidor es menos relevante para el agregado final, que de lo que los ricos vayan a hacer. Esta es simplemene una cuestión de matemáticas, no de moralidad, concluían.
Y debían tener razón, porque sabemos que las empresas de bienes de lujo (o, como se dice en el negocio, de “bienes para individuos de un valor extremo”, que The Economist nos aclara que son aquellos pra los que “un bolso de 8.000 dólares es una ganga”) están aumentando espectacularmente. LVMH –o sea Louis Vuitton Moët Hennessy- creció en un 13% en la primera mitad de 2011 con ventas de 10.300 millones. Una noticia publicada recientemente en la prensa nos dice que mientras la matriculación de automóviles disminuyó en su conjunto en España en el año 2011, la excepción han sido los de lujo, cuya matriculación ha aumentado en un 83’1 por ciento.
“En algún momento –habían avisado los analistas de Citigroup- es probable que los trabajadores se opongan al aumento de beneficios de los ricos y puede haber una reacción política contra el enriquecimiento de los más acomodados”, pero “no vemos que esto esté ocurriendo, aunque hay síntomas de crecientes tensiones políticas. De todos modos mantendremos una extrecha observación de los acontecimientos”.
La ofensiva empresarial no se limita, por otra parte, a buscar ventajas temporales, sino que aspira a una transformación permanente del sistema político. En los Estados Unidos se está tratando de dificultar el acceso al voto a amplias capas de la población que se consideran poco afines a los principios de la derecha: ancianos, minorías étnicas, pobres... En la actualidad hay en Norteamérica 12 estados que han introducido medidas restrictivas del derecho a votar (otros 26 las están gestionando), la más importante de las cuales es la exigencia de un documento de identidad como votante, para cuya obtención se exige la presentación de documentos como el carnet de conducir o la acreditación de una cuenta bancaria. No sin problemas. En julio de 2011 el documento le fue negado en Wisconsin a un joven, con el argumento de que el comprobante de su cuenta de ahorro, que presentaba como identificación, no mostraba bastante actividad reciente com para servir para esta finalidad. Más del 10 por ciento de ciudadanos norteamericanos no tienen estas identificaciones, y la proporción es todavía mayor entre sectores que normalmente votan por los demócratas, incluyendo un 18 por ciento de votantes jóvenes y un 25 % de los afroamericanos.
Pero la amenaza a la democracia no necesita formularse con medidas legales de limitación del voto, porque el camino más efectivo es el control de los políticos por parte de la oligarquía financiera. Robert Fisk hacía recientemente una comparación entre las revueltas árabes y las protestas de los jóvenes europeos y norteamericanos en un artículo que se titulaba “Los banqueros son los dictadores de Occidente”, en que decía: “Los bancos y las agencias de evaluación se han convertido en los dictadores de occidente. Como los Mubarak y Ben Alí, creen ser los propietarios de sus países. Las elecciones que les dan el poder –a través de la cobardía y la complicidad de los gobiernos- han acabado siendo tan falsas como las que los árabes se veían obligados a repetir, década tras década, para ungir a los propietarios de su propia riqueza nacional”. Los partidos políticos, afirma Fisk, entregan el poder que han recibido de los votantes “a los bancos, los traficantes de derivados y las agencias de evaluación, respaldados por la deshonesta panda de expertos de las grandes universidades norteamericanas, (…) que mantienen la ficción de que esta es una crisis de la globalización en lugar de una trampa financiera impuesta a los votantes”.
Michael Hudson, profesor de la Universidad de Missouri, que había sido analista y asesor en Wall Street, denuncia en un texto sobre lo que llama “la transición de Europa de la socialdmeocracia a la oligarquía financiera”, los efectos de las políticas de austeridad: “Una crisis de la deuda facilita que la élite financiera doméstica y los banqueros extranjeros endeuden al resto de la sociedad (...) para apoderarse de los activos y reducir el conjunto de la población a un estado de dependencia”. A lo que añade que la clase de guerra que se extiende ahora por Europa tiene objetivos que van más allá de la economía, puesto que amenaza convertirse en una línea de separación histórica entre una época caracterizada por la esperanza y el potencial tecnológico, y una nueva era de desigualdad, a medida que una oligarquía financiera va reemplazando a los gobiernos democráticos y somete a las poblaciones a una servidumbre por deudas. El resultado es “un golpe de estado oligárquico en que los impuestos y la planificación y el control de los presupuestos están pasando a manos de unos ejecutivos nombrados por el cártel internacional de los banqueros” (no sé si será oportuno recordar que nuestro actual ministro de economía procede del sector bancario norteamericano).
Hay un aspecto de estos problemas en el que nos conviene reflexionar. Randall Wray sostiene que la crisis norteamericana de 2008 no la causó la insolvencia de las hipotecas basura, porque su volumen no era suficiente como para haber provocado por si sólo este desastre, sino que ésta fue simplemente la chispa que desencadenó un incendio cuyas causas profundas eran el estancamiento de los salarios reales y la desigualdad creciente, que empujaban a la economía lejos de una actividad centrada en la producción hacia otra esencialmente financiera, dedicada al manejo del dinero. Lo más grave de esta interpretación –advierte- es que, dado que estas causas profundas no sólo no se han remediado, sino que son más graves ahora que en 2008, pudiera ocurrir que una chispa semejante, como la insolvencia de uno de los grandes bancos norteamericanos o un problema grave en la banca europea, volviera a iniciar una nueva crisis, tal vez peor.
Es por esto que necesitamos evitar el error de analizar la situación que estamos viviendo en términos de una mera crisis económica –esto es, como un problema que obedece a una situación temporal, que cambiará, para volver a la normalidad, cuando se superen las circunstancias actuales-, ya que esto conduce a que aceptemos soluciones que se nos plantean como provisionales, pero que se corre el riesgo de que conduzcan a la renuncia de unos derechos sociales que después resultarán irrecuperables. Lo que se está produciendo no es una crisis más, como las que se suceden regularmente en el capitalismo, sino una transformación a largo plazo de las reglas del juego social, que hace ya cuarenta años que dura y que no se ve que haya de acabar, si no hacemos nada para lograrlo. Y que la propia crisis económica no es más que una consecuencia de la gran divergencia.
¿Qué hemos de hacer? Hay, evidentmente, un primer nivel de urgencia en que resulta obligado luchar por salvar los puestos de trabajo y los niveles de vida. El Banco de España se ha encargado de comunicarnos hace pocos días que lo que vamos a tener este año, y muy probablemente el siguiente, es más recesión y más de seis millones de parados. Cuesta poco imaginar la cantidad de EREs y de recortes que esto va a implicar, lo que nos va a obligar a muchos esfuerzos puntuales para salvar todo lo que se pueda.
Pero lo que revela la naturaleza especial de la situación actual es el hecho de que para la generación que ahora tiene entre 20 y 30 años no va a haber ni siquiera EREs, sino una ausencia total de futuro. Y eso sólo podrá resolverse con una política que vaya más allá de la defensa inmediata de nuestras condiciones de vida, para enfrentarse a las políticas de austeridad y que, sobre todo, se proponga acabar con el gran proyecto de la divergencia social que las inspira.
Como demostró la gran depresión de los años treinta, cuando eran muchos los que pensaban que el viejo sistema capitalista se había acabado y que el futuro era de la economía planificada por el estilo de la de la Rusia soviética, la capacidad del capitalismo para superar sus crisis y rehacerse es considerable.
El problema inmediato al que hemos de enfrentarnos hoy no es, como algunos pensábamos hace unos años, la liquidación del capitalismo, que debe ser en todo caso un objetivo a largo plazo, porque la verdad es que no disponemos ahora de una alternativa viable que resulte aceptable para una mayoría. Y lo que no puede ser compartido con los más, por razonable que parezca, está condenado a quedar en el terreno de la utopía, que es necesaria para alimentar nuestras aspiraciones a largo plazo, pero inútil para la lucha política cotidiana.
Lo que nos corresponde resolver con urgencia es decidir si luchamos por recuperar cuanto antes un capitalismo regulado, con el estado del bienestar incluido, como se había conseguido cuando los sindicatos y los partidos de izquierda eran interlocutores eficaces en el debate sobre la política social, o nos resginamos a seguir sufriendo bajo la garra de un capitalisno depredador y salvaje como el que se nos está imponiendo. De hecho, lo que nos proponen las políticas de austeridad es simplemente que paguemos la factura de los costes de consolidar el sistema en su situación actual, renunciando a una gran parte de las conquistas que se consiguieron en dos siglos de luchas sociales.
No es que no haya signos esperanzadores de resistencia. No cabe duda de que las ocupaciones de plazas y las manifestaciones de protesta van a volver a brotar esta primavera, empujadas por la desesperación. Pero lo más importante es saber si la experiencia de los efectos combinados de los recortes y del aumento de las cargas servirá para devolver el sentido común a quienes dieron el voto a una derecha que prometía soluciones y se limita ahora a pedirnos sacrificios, o si sus votantes se resignarán a aceptar mansamente las consecuencias de su error.
Pienso que es urgente, para dar sentido y coherencia a las protestas, que la izquierda –una izquierda real que nazca de más allá de la traición de la socialdemocracia de las terceras vías- elabore nuevas formas de lucha y de mejora, ahora que ya hemos aprendido que la idea de que el progreso era el motor de la historia es un engaño y que los avances para el conjunto de los hombres y las mujeres solo se han conseguido a través de las luchas colectivas. La semana pasada me pidieron en un diario de Barcelona que opinase acerca de cómo sería dentro de cinco años este capitalismo con el que nos ha tocado vivir. Y lo que respondí fue que eso dependía de nosotros: que lo que tengamos dentro de cinco años será lo que habremos merecido.
Nota: [1] Texto íntegro de la conferencia pronunciada en León por el profesor Josep Fontana (salvo pequeñas variaciones, es la misma que pronunció en la sede de Comisiones Obreras de Catalunya en el consell de Comfia).
Fuente: http://lopezbulla.blogspot.com/2012/02/mas-alla-de-la-crisis-habla-josep.html

domingo, 29 de janeiro de 2012

La ciencia como víctima de la propiedad privada



Agencia Matriz del Sur


El siguiente ensayo pretende mostrar una de las tantas formas que tienen los países industrialmente desarrollados (PID) de apropiarse de los recursos de los países industrialmente no desarrollado (PIND). A diferencia de las formas tradicionales de entrega (como por ejemplo, ausencia de políticas de protección para los recursos naturales por parte de los PIND, implementación de políticas tendientes al desmantelamiento y privatización de empresas estatales, etc.), en la explotación y/o apropiación de los recursos del Estado mediante el sistema científico tecnológico existente y hegemónico, se presentan variantes específicas del área. En particular me voy a centrar en la apropiación del conocimiento generado o potencialmente generado.
Esta apropiación de conocimiento, y de los recursos científicos y tecnológicos, está instrumentada a través de políticas científicas y tecnológicas públicas que deben ser revisadas para una auténtica defensa de la soberanía. La mayoría de las políticas en C&T en Latinoamérica, con escasas y honrosas excepciones, terminan por entregar el conocimiento generado mediante artículos científicos, aceptando patentes con las condiciones impuestas, tolerando la fuga de cerebros y/o por la transferencia directa de tecnología a empresas privadas, que en su mayoría pertenecen a los PID. Los análisis aquí vertidos están referidos principalmente al área de las ciencias exactas y naturales (se excluye a las ciencias sociales por que no responden a la misma lógica de mercado mundial).
Introducción
Para comenzar es necesario establecer el marco y las definiciones en las que desarrollar las propuestas. En torno a la definición de ciencia ha habido una controversia a través de los años, debido a la existencia de objetividad o no en la misma, así como también en lo referente a sus alcances e incumbencias. No es la intención de este trabajo abordar el problema de definición en detalles. Para ello basta con recurrir al trabajo recientemente publicado por Jorge Nuñez Jover [J. N. Jover] en donde hace un extenso desarrollo del tema, abordando incluso la distinción entre ciencia, tecnología y su confuso límite, tecnociencia.
Tampoco es la intención de las presentes líneas ahondar en la distinción entre unas y otras. Tan solo me voy a limitar a trabajar sobre una de las definiciones abordadas por Jover y expresada por Krober (1985), en las que afirma que entiende “la ciencia no solo cómo un sistema de conceptos, proposiciones, teorías, hipótesis, etc., sino también simultáneamente como una forma específica de la actividad social dirigida a la producción, distribución y aplicación de conocimiento acerca de las leyes objetivas de la naturaleza y la sociedad.
Aun más, se puede afirmar, la ciencia se nos presenta como una institución social, como un sistema de organizaciones científicas, cuya estructura y desarrollo se encuentran estrechamente vinculados con la economía, la política, los fenómenos culturales, y en general con las necesidades y las posibilidades de la sociedad que estemos analizando.
De esta simple y completa definición se desprende que la ciencia así entendida no es neutra y que lo único que podría ser neutro son las leyes objetivas de la naturaleza”. Más aún: todo el resto de los elementos que las componen, tales como producción, distribución, aplicación, enseñanza, etc., son subjetivos y están determinados por el sistema político de la sociedad en la que ella se halla circunscripta. De esta manera y en los tiempos que vivimos, la ciencia pasa a ser como muchas otras instituciones.
Para los estados capitalistas del mundo, mayoritarios, es una herramienta más del estado burgués, por lo que estará regida por los intereses de mercado de la burguesía trasnacional o nacional. Como parte de la ciencia, las instituciones científicas, ya sean de los ministerios, secretarias, universidades, etc., son parte de la estructura de un sistema destinado a la producción de conocimiento para un sector social determinado: el que acumula el capital, por lo tanto dicta las leyes y normas que a esta rigen. Salvo algunas naciones y/o grupos de individuos, el sistema científico esta articulado de forma tal que el conocimiento generado beneficie al capital en la forma de un saber utilizable para la dominación o para “perfeccionar” la apropiación de plusvalía.
Desde esta perspectiva parecería claro, en un principio la definición de ciencia y el rol que cumple en los estados capitalistas. Sin embargo, así como sucede en el sistema de producción mundial (en la división internacional del trabajo), en el que cada estado capitalista cumple un rol determinado (ya sea industrial, agroexportador, proveedor de materias primas, etc.), las estructuras científicas y la ciencia en cada una de estos estados están organizadas de manera tal de cumplir el rol equivalente (aunque más veladamente a los partícipes de esta y a la población en su conjunto).
Sobre la sociedad del conocimiento
La mayoría de los gobiernos de los estados capitalistas resaltan constantemente que nos encontramos en “la sociedad del conocimiento”. No carece de verdad la afirmación, pero esta lamentablemente es utilizada para engañar a la población y justificar la transferencia directa del dinero de las arcas del estado (invertido en investigación) a las grandes trasnacionales.
Esta denominación de “sociedad del conocimiento” justifica por un lado una gran inversión en ciencia y tecnología con dineros públicos que le ahorra recursos al sector privado. Por otro lado justifica el aumento en el ritmo de producción de conocimiento y la reducción de tiempo en la trasformación de conocimiento básico en tecnologías [A. Lage]. Sin embargo esta “sociedad del conocimiento” cumple las reglas de la división internacional del trabajo.
En este sentido, por ejemplo, algunos de nuestros países de Latinoamérica se limitan a la generación de conocimiento básico mientras que en los “países centrales” no solo producen este conocimiento básico sino que también lo transforman en tecnología.
Un punto interesante es la direccionalidad del conocimiento generado, el cual tiene un horizonte bien definido y poco plural o democrático: para la dominación o la plusvalía. ¿A cuantos países se les ocurriría como a Cuba, invertir en el estudio de la determinación genética de las antenas de la vinchuca, vector de la enfermedad de Chagas, sólo para quitarle su condición de vector de una manera económica y quizás definitiva?
La llamada “sociedad del conocimiento” ha tenido a lo largo de la historia cambios estructurales en la forma de generarlo. Según Woolgar [J. N. Jover], la estructura organizativa de la ciencia se puede clasificar en tres grandes etapas: amateur (1600-1800), académica (1800-1940) y la profesional o industrial que domina hasta nuestros días.
La primera de estas etapas estuvo vinculada a sectores de la aristocracia, mientras que la segunda ya es desarrollada en forma mas profesional y en universidades demandando cierto conocimiento técnico para su desarrollo. Durante estos períodos la ciencia se entendía “desvinculada de los intereses ajenos” a esta y giraba en torno a la “búsqueda de la verdad”. Ya en la última etapa la ciencia se profesionaliza y/o industrializa. Como todos los procesos productivos, es atravesada por el capitalismo, que la transforma. De esa manera pasa a ser un valor fundamental para el capital el cual la moldea según sus principales intereses.
Al igual que un artesano es transformado en un operario en la producción a gran escala, el científico es transformado en un operario científico. Es decir, el científico que antes conocía un proceso completo del conocimiento; pasa a ser especializado de forma tal que cumpla con una producción específica en la cadena mundial de producción de conocimiento.
Esto trae aparejado no solo la trasformación en las estructuras organizativas de los centros de investigación, sino también en la enseñanza de las ciencias (planes de estudio, reformas en educación, etc.) y la posibilidad de los científicos de acceder a un saber más general y “propio”. En este sentido el sistema actúa en detrimento de la formación y el desarrollo de los científicos, trasformándolos de un curioso buscador de verdades a un productor de pequeños saberes que sirvan al mercado.
El valor de la mercancía solo surge del trabajo del hombre, entonces, es la fuerza de trabajo la única fuerza capaz de general valor. Dentro de esta clasificación de trabajo podemos encontrar, según las definiciones marxistas, el “trabajo inmediato” que es aquel que se desarrolla en el proceso de la manufactura, o bien el “trabajo general” que es el que se incorpora valor a través de los conocimientos y la tecnología.
Según Marx: “Es trabajo general todo trabajo científico, todo conocimiento, todo invento”. Entonces el trabajo inmediato es el asociado a la manufactura, la producción de bienes comerciables mientras que la ciencia y la tecnología es trabajo general que incorpora valor al trabajo inmediato. Este punto es sumamente importante y fundamental en el rol de los PIND y su relación con la producción mundial de conocimiento.
A partir de esta nueva industria del conocimiento, el capital ha conseguido acumular aun más capital, valor generado por este conocimiento. Sin embargo en esta sociedad de conocimiento no todos los estados cumplen el mismo rol, como tampoco lo han cumplido en otros tiempos y/o áreas de producción de bienes.
Las relaciones y funciones de los países según categoría (industrial/exportador de materias primas) desarrolladas durante el período de industrialización se reproducen de forma semejante en la producción de conocimiento a nivel mundial. En forma equivalente, aquellos países (los PIND) que exportaban y exportan materias primas, en lo que refiere al conocimiento exportan el “saber” en bruto. Los científicos (ya sea en forma directa o indirectamente), mientras que los PID generan saber también lo transforman en productos comercializables.
Es decir en la sociedad del conocimiento, el mundo entero se dedica a generar conocimiento mientras solo algunos países son los que se encuentran en condiciones de transformar ese conocimiento en bienes capitalizables.
Sobre la apropiación del conocimiento
En un trabajo presentado por A. Lage se deja en manifiesto distintas formas de apropiación de nuestros “recursos” humanos. El eje principal de dicho trabajo publicado gira en torno a la apropiación del conocimiento mediante leyes de protección intelectual, principalmente patentes, en donde estas se entienden -según Lage- como “un derecho monopólico de comercialización (y de exclusión de terceros de comercialización) que otorga un Estado durante un tiempo dado, a alguien que ha hecho una “invención”, que debe ser de utilidad práctica y además no-obvia a partir del conocimiento precedente”.
En ese mismo sentido intentaré avanzar en las formas de esta apropiación pero desde algunos de los aspectos no del todo elaborados por A. Lage. Como bien hizo notar en sus textos el autor, en la actualidad y en relación a la ciencia y la tecnología los productos que salen al mercado son desarrollados mediante procesos de varias etapas.
En muchos casos, y la mayoría para los productos de última generación, este proceso comienza con investigaciones en laboratorios científicos, desarrollando así las bases que después son útiles en nuevas tecnologías. Dentro del desarrollo de las nuevas tecnologías los descubrimientos científicos cobran un rol fundamental que justifica grandes inversiones por parte de los estados del mundo.
La apropiación del conocimiento, entendido como conocimiento científico, se da en dos ejes fundamentales. El primero en forma directa mediante la cooptación de los científicos formados (emigración selectiva según A. Lage) en los PIND. Esta cooptación se gesta generando predisposiciones subjetivas en los jóvenes científicos.
Por ejemplo, el concepto que “la ciencia en otros países es mejor”, la necesidad de adoptar una especialización en el exterior para “entender” como funciona el mundo científico. Más aún, en muchos países de America del Sur es exigencia para acceder a un trabajo de profesor y/o investigador estable haber tenido alguna experiencia en el exterior y preferentemente en aquellos países que son referentes de producción científica. Esta cooptación genera varios beneficios en los PID.
Por un lado si consideramos que formar un científico sin titulo de doctor cuesta alrededor de treinta mil dólares, los estados receptores de esta manos de obra calificada se estarían ahorrando ese dinero por cada investigador formado. Ejemplo interesante para considerar es el de Estados Unidos. Si aproximadamente el 25 % de los científicos que trabajan en Estados Unidos provienen del exterior y según las cifras de la UNESCO, al 2007 este contaba con 1.200.000 investigadores, 300.000 serían extranjeros, lo que representa un ahorro cercano a los 9 billones (9.000 millones) de dólares en el 2007. En este punto creo que está claro, al menos en unos de los aspectos, la gran transferencia de recursos de los PIND hacia los PID.
No creo que sea menor mencionar que las becas y/o contratos otorgados a estos investigadores en formatos de estadía doctoral y/o post-doctoral, no cuentan con aportes en materia de asistencia medica, aportes jubilatorios, asignación familiar, etc., lo que aumenta aun más el beneficio del estado del país central, al contratar un doctorando del exterior (proveniente de un PIND). También es importante mencionar que las estadías doctorales y/o postdoctorales son los periodos de mayor producción científica y tecnológica de los investigadores.
De todos los científicos que migran constantemente a los países centrales, algunos, dependiendo, principalmente, de su productividad, podrán quedarse generando más conocimiento para ese país que los apropió.
Los otros mayoritariamente vuelven a su lugar de origen (como “cuadros” científicos), y lo más probable es que desarrollen líneas de investigación en concordancia con los intereses de los grandes centros de investigación a los cuales fueron a realizar sus estadías doctorales y/o postdoctorales. De este modo, reproducen en su propio país las líneas hegemónicas de investigación/desarrollo, que atienden necesidades de los grandes capitales.
Por lo general, los PIND no cuentan con líneas propias de investigación (en el sentido que estén vinculadas a necesidades directas de la sociedad) estos “cuadros” científicos terminan siendo los que promueven, sugieren y promocionan a los “mejores científicos” del sistema, que responden a la misma línea.
Como complemento de esto, la banca mundial (a través de créditos del BID, FMI, o coacciones en las leyes por la OMC, etc.), es quien establece las normas que terminan por definir a estos “mejores científicos”, que según los parámetros del sistema hegemónico, son aquellos que se forman en las mejores centros de desarrollo científico mundial, vinculados directamente a los intereses de gran capital y en sociedad con la banca mundial. Se cierra así el “circulo científico”.
Sumado a esto, los países que sufren la apropiación de su conocimiento producido, no tienen reglamentaciones adecuadas de manera de preservar la inversión en formación de científicos y de protección de conocimiento, cuestión que claramente no es casual y garantiza que lo antedicho se cumpla. Es una clara muestra de esta situación el hecho que en EEUU los tratados internacionales tienen un rango inferior a la constitución, mientras que en nuestros países Latinoamericanos, al momento de suscribirlos se les otorga un carácter supraconstitucional.
Otra de las formas de apropiación de conocimiento es mediante las publicaciones científicas. Este sistema único de producción internacional del conocimiento que se va difundiendo en los distintos países del mundo (con algunas excepciones, no relacionadas entre sí) está ampliamente aceptado en base a varias argumentaciones sumamente cuestionables.
Entre estas argumentaciones podemos encontrar, por ejemplo, que “el conocimiento es universal”, lo que implicaría la necesidad de su publicación. Esto claramente es una manipulación del concepto de conocimiento para generar el fácil acceso de parte de los sectores de poder a la investigación básica, cuando no tienen el mismo criterio para el conocimiento de sus desarrollos concretos.
¿El conocimiento es más “universal” cuando lo tienen las corporaciones? ¿Lo publican (la NASA, por ejemplo)?
También entre los científicos del mundo vamos a encontrar posturas similares de entrega de conocimiento, fundadas en el “avance colectivo de la ciencia”. Es decir, que todos debemos publicar nuestros resultados científicos para que en otros lugares no necesiten hacer nuevamente lo que ya se descubrió o realizó.
Eso también es cuestionable, porque las grandes potencias económicas del mundo no reportan a la comunidad mundial todos sus resultados científicos y tecnológicos obtenidos. A su vez son los únicos en condiciones de materializar tecnológicamente mucho de esos avances. Varios de estos puntos fueron desarrollados por un documento elaborado por GPU (Grupo de Política Universitaria, Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina).
Sin embargo para llegar a una demostración un poco más empírica de que nos encontramos en una clara entrega del conocimiento mediante la producción de artículos científicos voy a tomar algunos datos estadísticos reportados por la UNESCO y el Banco Mundial.
Primero vamos a suponer (al igual que lo hacen los Estados) que en lo que refiere a ciencia y técnica, el avance y desarrollo de un país esta determinado por la cantidad de artículos científicos publicados.
Entonces uno esperaría que los países que mas “desarrollados” están, tengan una producción científica mucho mayor. Esto es fácil de comprobar viendo los datos reportados por UNESCO en donde se ve que EEUU reporta una producción científica en el año 2007 de un orden de magnitud mayor que Brasil, dos órdenes de magnitud mayor que países como Argentina y México y hasta tres ordenes de magnitud mayor que países como Venezuela, Cuba y Colombia.
Comparando la cantidad de científicos que cuenta cada país, se puede estimar la producción media por científico de cada estado. No existen proporción en las diferencias en producción científica por investigador respecto del volumen total de artículos. La lista esta encabezada por Venezuela, seguida por Colombia Cuba y México.
Recién en quinto lugar (entre los países ejemplo) vendría EEUU, seguido de Brasil y Argentina. Ellos predican la publicación masiva de artículos, pero su propia producción es muy baja respecto de la población total de científicos, en relación a lo producido en los PIND.
Entonces, la hipótesis propuesta mostraría ser cierta: es decir, todos los países producen más o menos lo mismo per cápita (de científicos) pero tanto Brasil como EEUU (la mayor potencia mundial, la potencia regional y miembro del BRIC) producen menos artículos en relación a la cantidad de científicos que tienen.
Para hacer un análisis un poco más real, y ver que solo un pequeño porcentaje de la producción de EEUU, por ejemplo, es comunicada a la comunidad internacional, es decir reportada en artículos, deberíamos tomar algunos otros parámetros: la inversión de los Estados en C&T para ese periodo.
Si consideramos entonces la cantidad de artículos publicados en relación (razón) a las cantidad de científicos y la inversión en C&T encontramos que este valor es al menos dos veces menor en EEUU que en el resto de los países ejemplo. Esto, en principio, nos podría indicar dos cosas. O que la productividad de los científicos radicados en los Estados Unidos no es muy eficiente, o que en realidad la gran cantidad del capital invertido en ese país es destinado a investigaciones que no producen artículos científicos.
Nº de Investigadores Nº de artículos Art. x investigador X10 (8) GBID % PBI Jua x 10(-13)
Argentina 38681 7475 0,19 26,6 0,45 7,28
Brasil 124882 31056 0,25 199,4 1,1 724,8
Colombia 6924 2226 0,32 6,1 0,16 5217,2
Cuba 5236 1575 0,30 -------- 0,44 -----
EEUU 1412639 384000 0,27 3731,9 2,27 7,28
Mexico 37930 10732 0,28 57,2 0,37 494,7
Venezula 4503 1764 0,39 ---------- ------ --------
Referencias de la tabla:
Nro. I.: Número de investigadores.
Nro. A.: Número de artículos.
A/I: Número de artículos/ Número de investigadores.
GBID: Gasto bruto en investigación y desarrollo.
PBI: Producto bruto interno.
SD: Sin Datos.
Datos obtenidos de la Unesco [UNESCO] y el Banco Mundial [BM].
Haciendo una comparación un poco grotesca (pero ilustrativa) podríamos decir que de cada 1 dólar que EEUU destina a la producción de artículos científicos, Argentina destina cerca de 100, Brasil 18, Colombia 750 y México 70. Más aun, si prestamos atención en los resultados reportados por la UNESCO, referidos al 2009 se puede ver que EEUU destina cerca del 70 % de su inversión en I&D a emprendimientos vinculados a las empresas y negocios, mientras que, por ejemplo, Argentina al igual que Colombia y Brasil destinan mas del 50 % en estructuras de Estado (Universidades, institutos, centros y laboratorios estatales de investigación) de Ciencia y tecnología.
Esto es en gran parte transferencia directa a las empresas del capital trasnacional. Sin embargo creo que merece la pena hacer una aclaración, para no generar confusiones. No es que este valorizando la transferencia del capital del estado estadounidense a las empresas que allí se radican.
Cuestionamos la apropiación de nuestros recursos a través de publicaciones y la falta de una inversión estatal en C&T asociada a las necesidades de la población, la hipocresía de los que forman parte de nuestros sistemas de ciencia y técnica, y el carácter poco “protector” (de la soberanía) de los gobiernos de los PIND.
Tampoco es mi intención aducir que los países de Latinoamérica, por ejemplo, deban dejar de producir y publicar conocimiento. Lo que si es muy cuestionable es la unidireccionalidad de la inversión de Estado y la ausencia de desarrollos de otra índole vinculados a la C&T.
Países disidentes
Sin embargo esta sistema hegemónico de Ciencia y Técnica no esta completamente instaurado en todos los países de mundo. Más aún, podemos encontrar en Latinoamérica países en que este modelo de producción y entrega de conocimiento no esta completamente implementado y desarrollado. Esto puede responder a diferentes razones, sin embargo un análisis sensato de estas razones excedería claramente las intenciones del presente trabajo y merecería un análisis tan solo para ello.
Sin embargo, nos basta saber que en algunos países, el tejido político social de C&T no esta completamente desarrollado. Esta falta de desarrollo del área de C&T dentro del estado hace que no este completamente alineado a los intereses extranacionales y podría ser base para la formulación de modelos de desarrollo de CyT no alineados a los intereses del mercado.
Así, por ejemplo, la situación de relativa desventaja histórica del desarrollo del sistema científico y técnico en países como Venezuela, Bolivia o Ecuador, puede representar una ventaja al momento de emprender un proyecto soberano.
El aparente “desarrollo” en Argentina, por ejemplo, está totalmente alineado a los intereses transnacionales, lo que resultaría en un obstáculo a la hora de llevar adelante un proyecto transformador.
Ahora bien, como se menciono antes, “la ciencia se nos presenta como una institución social, como un sistema de organizaciones científicas, cuya estructura y desarrollo se encuentran estrechamente vinculados con la economía, la política, los fenómenos culturales, con las necesidades y las posibilidades de la sociedad dada.”, con lo que esperaríamos que solamente aquellos países que planteen su economía y sus políticas en forma no alineada a lo instaurado, serán los que puedan desarrollar nuevas y disidentes direcciones en la forma de hacer ciencia y tecnología.
En el marco de este planteo es sabido que algunos países como Ecuador, Venezuela y Bolivia vienen reformulando sus estructuras sociales y políticas con metas hacia el socialismo del siglo XXI. Aunque en este camino presentan serias limitaciones de distinta índole, como por ejemplo gobernar con estructuras heredaras, presenta, en el área de ciencia y técnica, ciertas posibles ventajas para estas transformaciones sociales que se proponen.
Estas ventajas provienen del incipiente desarrollo de un sistema científico tecnológico alineado al resto del mundo, lo que genera beneficios y desafíos. Los beneficios están en que la estructura organizativa no esta formada (o del todo formalizada) y no existe una tradición científica alineada como lo puede ser en países como Argentina, Brasil y Colombia por ejemplo.
Esto genera que no haya una gran masa de investigadores y profesores abocados a la investigación ya instalados en el sistema, y que típicamente tienden a generar inercia frente a cualquier transformación, debido a que cualquier transformación atentaría contra los parámetros de evaluación con los cuales llegaron a referenciarse. Sumado a esto, la estructura burocrática relacionada a la C&T sería más fácil de formular y/o reformular según sea el caso.
Los desafíos están claramente relacionados a la capacidad o no de desarrollar sistemas científicos no alineados a lo aceptado mundialmente (o al menos en el mundo occidental). Para ello deberán cumplir con varias prioridades asociadas a los parámetros de las nuevas sociedades planteadas, y que, simultáneamente le muestre al mundo una nueva forma disidente y útil para el pueblo de hacer ciencia con los recursos del mismo.
Esto no puede ser solamente el conjunto de buenas intensiones de algunos profesores y/o investigadores sino que tiene que ser parte de un plan social de Ciencia y Tecnología emancipador que considere las relaciones sociales, los recursos naturales, el nivel de desarrollo de las Universidades y profesionales, nivel de desarrollo de las empresas estatales y privadas, revisión y reformulación de legislaciones, la estructuración, la incorporación y la promoción de científicos con parámetros (y en áreas) vinculados al nuevo proyecto social de C&T, etc.
Conclusiones

El sistema científico mundial occidental esta hegemonizado por un estándar que garantiza la transferencia de conocimiento en distintas formas a las “grandes” empresas del mundo. El conocimiento es centralizado por los países industrialmente desarrollados quienes los transforman en productos de consumo.
Solo aquellos países que planteen una reformulación en la estructura del estado en donde este no se rija por el capitalismo, serán los que estarán en condiciones de reformular un nuevo horizonte para la ciencia, en donde esta podría ser un beneficio del pueblo y no de un grupo reducido de personas a nivel mundial.
Referencias:
(J. N. Jover) Jorge Núñez Jover. LA CIENCIA Y LA TECNOLOGIA COMO PROCESOS SOCIALES. Lo que la educación científica no debería olvidar. Editorial Felix Varela (1999).
(A. Lage) Agustin Lage, Propiedad y apropiacion en la economia del conocimiento., IX Encuentro de Globalización y Problemas del Desarrollo. El economista de Cuba, version on line.
(Karl Marx) Karl Marx, El Capital, Ed. Siglo XXI, 1981, Vol. 6: 128. (GPU) Grupo Poryecto Universidad (GPU), UNMdP, divulgado desde Grupo Gestión de Política de Estado en Ciencia y Tecnología.
http://www.grupogestionpoliticas.blogspot.com/
(BM) Banco Munidal http://datos.bancomundial.org/
(UNESCO) Unesco institute for statistics http://stats.uis.unesco.org/

http://matrizur.org/index.php?option=com_content&view=article&id=18048:la-ciencia-como-victima-de-la-propiedad-privada&catid=47:conocimiento-y-tecnologia

domingo, 15 de janeiro de 2012

A autora que vendeu 1 milhão de e-books: preço baixo.



Amanda Hocking, the writer who made millions by self-publishing online

A couple of years ago, Amanda Hocking needed to raise a few hundred dollars so, in desperation, made her unpublished novel available on the Kindle. She has since sold over 1.5m books and, in the process, changed publishing forever
Woman makes millions from self published books
Amanda Hocking: 'I didn't have a lot of hope invested in ebooks'. Photograph: Carlos Gonzalez/Polaris
When historians come to write about the digital transformation currently engulfing the book-publishing world, they will almost certainly refer to Amanda Hocking, writer of paranormal fiction who in the past 18 months has emerged from obscurity to bestselling status entirely under her own self-published steam. What the historians may omit to mention is the crucial role played in her rise by those furry wide-mouthed friends, the Muppets.  
To understand the vital Muppet connection we have to go back to April 2010. We find Hocking sitting in her tiny, sparsely furnished apartment in Austin, Minnesota. She is penniless and frustrated, having spent years fruitlessly trying to interest traditional publishers in her work. To make matters worse, she has just heard that an exhibition about Jim Henson, the creator of the Muppets, is coming to Chicago later that year and she can't afford to make the trip. As a huge Muppets fan, she is more than willing to drive eight hours but has no money for petrol, let alone a hotel for the night. What is she to do?
Then it comes to her. She can take one of the many novels she has written over the previous nine years, all of which have been rejected by umpteen book agents and publishing houses, and slap them up on Amazon and other digital ebook sites. Surely, she can sell a few copies to her family and friends? All she needs for the journey to Chicago is $300 (£195), and with six months to go before the Muppets exhibition opens, she's bound to make it.
"I'm going to sell books on Amazon," she announces to her housemate, Eric.
To which Eric replies: "Yeah. OK. I'll believe that when it happens."
Let's jump to October 2010. In those six months, Hocking has raised not only the $300 she needed, but an additional $20,000 selling 150,000 copies of her books. Over the past 20 months Hocking has sold 1.5m books and made $2.5m. All by her lonesome self. Not a single book agent or publishing house or sales force or marketing manager or bookshop anywhere in sight.
So let the historians take note: Amanda Hocking does get to Chicago to see the Muppets. And along the way she helps to foment a revolution in global publishing.
I've come to Austin, legendary birthplace of Spam (the canned as opposed to the digital version), to find out what this self-publishing revolution looks like in the flesh. I can report that, from the outside, it's surprisingly conventional. Hocking no longer lives in that pokey apartment, but then she's no longer a struggling would-be author. She's bought herself her own detached home, the building block of the American dream, replete with gables and extensions, its own plot of land, and a concrete ramp on which to park the car.
But step inside and convention gives way to a riot of colour. It is just before Christmas, and Hocking has decorated the house with several plastic trees bedecked in lights and two large Santa stockings pinned expectantly over the mantelpiece. The sofa is scattered with animals, some of the cuddly toy variety and others alive, notably Elroy the miniature schnauzer and Squeak the cat (apparently they get on very well).
She greets me at the door and, without preamble, we talk for the next two hours about her extraordinary rags-to-riches tale and what it means for the future of the book. At 27, and with only a few months in the limelight, she is patently new to the fame game. She seems nervous at first, answering my questions in short bursts and fiddling with her glasses; but gradually she relaxes as we discuss what for her has been the central passion of her life since an infant.
She was brought up in the Minnesota countryside on the outskirts of Blooming Prairie about 15 miles north of Austin. Her parents divorced when she was young, money was tight and there was no cable TV to wallow in. "So I read a lot. I would go to the library, or get books at rummage sales. I got through them so quickly I started reading adult books because they were longer. I remember my mom giving me a box set of five books to last me all summer; I devoured them all in two weeks."
By the age of seven she was reading Jaws by Peter Benchley and anything by Stephen King. Michael Crichton, JD Salinger, Shakespeare, Jane Austen, Mark Twain, Jack Kerouac, Kurt Vonnegut and many others fed an insatiable appetite.
It was a way, she now thinks, of coping with the depression that troubled her childhood. "I was always depressed growing up. There wasn't a reason for it, I just was. I was sad and morose. I cried a lot, I wrote a lot, and I read a lot; and that was how I dealt with it."
What went in had to come out. The child Hocking began telling her own stories before she could walk. She was forever inventing make-believe worlds, so much so that the counsellor to whom she was sent for depression concluded that her incessant storytelling was an aberration that had to stop. Fortunately for Hocking, and for her many fans, her parents took her side in this argument, and she was never sent back to see him.
At 12 she had already begun to describe herself as a writer and by the end of high school she estimates she had written 50 short stories and started countless novels. The first that she actually completed, Dreams I Can't Remember, was written when she was 17. She was very excited by the accomplishment, and printed it out for friends and family, as well as sending it to several publishers.
"I got rejection letters back from all of them. I don't blame them – it wasn't very good," Hocking says.
Hocking went on to develop an intimate relationship with rejection letters. She has somewhere in her new house a shoebox full of them.
Yet she would not give up. She wrote unpublished book after unpublished book. "Sometimes I'd say: 'I'm done, I'm never going to write another book,' but then a couple of months later I'd have another idea and I'd start again. This time it was bound to work."
In 2009 she went into overdrive. She was frantic to get her first book published by the time she was 26, the age Stephen King was first in print, and time was running out (she's now 27). So while holding down a day job caring for severely disabled people, for which she earned $18,000 a year, she went into a Red Bull-fuelled frenzy of writing at night, starting at 8pm and continuing until dawn. Once she got going, she could write a complete novel in just two or three weeks. By the start of 2010, she had amassed a total of 17 unpublished novels, all gathering digital dust on the desktop of her laptop.
She received her last rejection letter in February 2010. Hocking says she hasn't kept the letter, which is a crying shame because it would surely have been an invaluable piece of self-publishing memorabilia. As far as she can remember, the last "thanks-but-no-thanks" came from a literary agent in the UK. If that agent is reading this article, please don't beat yourself up about this. We all make mistakes ...
April 15 2010 should also be noted by historians of literature. On that day, Hocking made her book available to Kindle readers on Amazon's website in her bid to raise the cash for the Muppets trip. Following tips she'd gleaned from the blog of JA Konrath, an internet self-publishing pioneer, she also uploaded to Smashwords to gain access to the Nook, Sony eReader and iBook markets. It wasn't that difficult. A couple of hours of formatting, and it was done.
"I didn't have a lot of hope invested in it," she says. "I didn't think anything would come of it." How wrong she was.
Within a few days, she was selling nine copies a day of My Blood Approves, a vampire novel set in Minneapolis. By May she had posted two further books in the series, Fate and Flutter, and sold 624 copies. June saw sales rise to more than 4,000 and in July she posted Switched, her personal favourite among her novels that she wrote in barely more than a week. It brought in more than $6,000 in pure profit that month alone, and in August she quit her day job.
By January last year she was selling more than 100,000 a month. Being her own boss allowed her to set her own pricing policy – she decided to charge just 99 cents for the first book in a series, as a loss leader to attract readers, and then increase the cover price to $2.99 for each sequel. Though that's cheap compared with the $10 and upwards charged for printed books she gained a much greater proportion of the royalties. Amazon would give her 30% of all royalties for the 99-cent books, rising to 70% for the $2.99 editions – a much greater proportion than the traditional 10 or 15% that publishing houses award their authors. You don't have to be much of a mathematician to see the attraction of those figures: 70% of $2.99 is $2.09; 10% of a paperback priced at $9.99 is 99 cents. Multiply that by a million – last November Hocking entered the hallowed halls of the Kindle Million Club, with more than 1m copies sold – and you are talking megabucks.
The speed of her ascent has astonished Hocking more than anyone. She was so elated to receive her first cheque from Amazon, for $15.75, that she didn't cash it and still has it pinned up on a noticeboard above her desk. "It went from zero to 60 overnight," she says. "Everybody was buying my books and it was overwhelming."
In internet-savvy circles she has been embraced as a figurehead of the digital publishing revolution that is seen as blowing up the traditional book world – or "legacy publishing" as its detractors call it – and replacing it with the ebook, where direct contact between author and reader, free of the mediation of agent and publishing house, is but a few clicks away. There is certainly something to that argument. The arrival of Hocking onto the Kindle bestseller lists in barely over a year is symptomatic of a profound shift in the book world that has happened contiguously. Her rise has occurred at precisely the moment that self-publishing itself turned from poor second cousin of the printed book into a serious multi-million dollar industry. Two years ago self-publishing was itself denigrated as "vanity publishing" – the last resort of the talentless. Not any more.
A survey carried out last year by the book blog Novelr found that of the top 25 bestselling indie authors on Kindle, only six had ever previously enjoyed print deals with major book publishers. With ebook sales reaching $878m in the US in 2010, an almost fourfold increase from the year before, some 30 authors have already sold more than 100,000 copies through Kindle's self-publishing site. That's the kind of statistic that made Penguin's chief executive, John Makinson, say recently that he saw "dark clouds" gathering in 2012.
But Hocking's new-found stature as self-publishing vanguardista is not something she welcomes. "People built me up as a two-dimensional icon for something I was not. Self-publishing is great, but I don't want to be an icon for it, or anything else. I would rather people talk about the books than how I publish them."
She also resents how her abrupt success has been interpreted as a sign that digital self-publishing is a new way to get rich quick. Sure, Hocking has got rich, quickly. But what about the nine years before she began posting her books when she wrote 17 novels and had every one rejected? And what about the hours and hours that she's spent since April 2010 dealing with technical glitches on Kindle, creating her own book covers, editing her own copy, writing a blog, going on Twitter and Facebook to spread the word, responding to emails and tweets from her army of readers? Just the editing process alone has been a source of deep frustration, because although she has employed own freelance editors and invited her readers to alert her to spelling and grammatical errors, she thinks her ebooks are riddled with mistakes. "It drove me nuts, because I tried really hard to get things right and I just couldn't. It's exhausting, and hard to do. And it starts to wear on you emotionally. I know that sounds weird and whiny, but it's true."
In the end, Hocking became so burned out by the stress of solo publishing that she has turned for help to the same traditional book world that previously rejected her and which she was seen as attacking. For $2.1m, she has signed up with St Martin's Press in the US and Pan Macmillan in the UK to publish her next tranche of books. The deal kicks off this month with a paperback version of Switched. It's a fast-paced romance featuring changeling trolls called Trylle who are switched at birth with human babies. The novel cannot be classed as literary, but then it makes no pretensions to be so. It is precision-targeted at a young-adult audience, and is surprisingly addictive. Once the Trylle trilogy is out, Hocking's new series of four novels, Watersong, revolving around two sisters who get caught up with sirens, will be released from August in hardback and ebook simultaneously.
Hocking's editors on both sides of the Atlantic point to the deal as evidence that traditional and solo digital publishing can live in harmony. "There's a lot of talk about publishers being left out of the loop," says Jeremy Trevathan, Macmillan's fiction editor. "But this whole thing is an opportunity for writers and publishers to find each other." Or as Matthew Shear, publisher of St Martin's Press, puts it: "It's always been the same since the days when people self-published from the back of their car – cream will rise to the top."
There's something peculiar about all this: one of the leading figures in the self-publishing revolution is now being vaunted by major book houses in London and New York as evidence that traditional publishing is alive and kicking. Hocking is very aware of the paradox, which she observes with a wry writer's eye. "A lot of people are saying publishing is dead," she says. "I never did, and I don't think it is. And they want to use me to show it isn't."
Switched, the first in the Trylle Series by Amanda Hocking, is out now in paperback and ebook formats, featuring previously unseen extra material. Published by Pan Macmillan in the UK and St. Martin's Griffin in the USA. For further information, see www.worldofamandahocking.com.

Some of the other Kindle Million Club members

Stephen Leather

Widely hailed as Britain's most successful "independent" writer, two years ago Leather took three novellas that had been turned down by Hodder & Stoughton and issued them for the Kindle through Amazon. Last year, he put his monthly income from ebooks at around £11,000.

Joe Konrath

The Chicago-based author is both prolific – he has written seven thrillers, a horror series, and a sci-fi novel, each under a different pseudonym – and candid about the benefits of self-publishing. "One hundred grand – that's how much I've made on Amazon in the last three weeks," he boasted on his blog last month.

HP Mallory

The "urban fantasy and paranormal romance" author sold around 70,000 copies of her ebooks in two months last year, and signed a three-book contract with traditional publisher Random House. She sums up her appeal thus: "If you're all about fairies and witches and vampires (oh my!) … and you like men who get a little hairy during a full moon, I got the goods."

John Locke

Last summer, the one-time insurance salesman from Kentucky became the first self-published author to sell 1m Kindle ebooks. Alongside his lurid thrillers fans can download an advice book entitled How I Sold 1 Million eBooks in 5 Months!.

Oliver Pötzsch

German novelist and film-maker Pötzsch has reached the highest echelons of the Kindle bestsellers list with the English translation of his historical novel The Hangman's Daughter. It's a big success story for AmazonCrossing, which identifies books selling well in other languages, and republishes them in English. Laura Barnett